Agonizaba el siglo XX, respirando la última bocanada de aire hacia fines de diciembre de 1999. La frivolidad, protagonista indiscutible de estos últimos 100 años, parecía renacer con mayor vigor ante la ambición humana por realzar las apariencias. De todas partes del mundo llegaban noticias acerca de la gran fiesta que se preparaba para recibir al "Nuevo Milenio". Millones y millones de personas esperanzadas con que el siglo XXI representara una salvación, o por lo menos una vía de escape para sus rutinarias vidas. Todos ellos renovaron sus esperanzas una vez más, como lo vienen haciendo desde que el mundo es mundo, y cualquier suceso importante representa un motivo suficiente para volver a creer. Todos creyeron otra vez, como lo hacen en sus cumpleaños, en sus fiestas religiosas, en el nacimiento de sus hijos, y por supuesto, en cada fin de año. Pero esta vez era distinto, esta vez era algo mundial. Algo que afectaba desde el presidente de Estados Unidos hasta el mendigo más pobre de Ruanda. Y una vez más, todos encendieron sus velas, alzaron sus copas y creyeron. Creyeron con toda la fuerza de sus corazones y el fuego de sus almas. Pobres ilusos.
Azrael los miraba entre risueño y desconcertado, no pudiendo entender cómo existen seres tan necios dentro del Universo que no comprenden aún, luego de varios miles de años de existencia, que la esperanza de por sí sola no vale nada. Y se prometió a sí mismo acabar con todas y cada una de las esperanzas humanas.
Se cumplían 400 años de su ascenso desde los infiernos. En todo ese tiempo se había dedicado a comprender y saber explotar la naturaleza humana. Y había encontrado el punto débil de esos seres inferiores de carne y sangre: la esperanza. Gracias a esa estúpida leyenda de Pandora y su caja, los seres humanos renovaban sus esperanzas a diario, y cualquier excusa era válida para volver a creer. Azrael había sabido involucrarse muy bien en la sociedad, y desde épocas inmemoriales había ostentado diversos títulos a fuerza de promesas: conde, marqués, duque, general, visir; incluso obispo. Ellos habían creído en él, y él les había dado lo que querían... migajas de supervivencia a cambio de beber del cáliz de sus almas. Había sabido explotar todas y cada una de las bajezas humanas, y cada vez que lo hacía se sentía renovado. Había comprendido que las apariencias eran fundamentales para la sociedad, que la adulación era un arma de doble filo, que la ostentación y la soberbia no servían, pero la magnanimidad era formidable. Se sabía de memoria todas las reglas del juego y las había sabido aplicar. Pero no siempre había sido fácil, no siempre había sido un miembro ilustre de la sociedad. Al principio, cuando era solo un inexperto cazador de almas y cuerpos había tenido épocas en las cosas habían resultado complicadas.
Solo, asomado al balcón de su mansión, a puertas del siglo XXI Azrael recordaba, no sin cierto placer morboso, la primera época, aquella en la que sólo era un cazador. Recordaba las incursiones nocturnas por las aldeas, acechando a las gentes, eligiendo las presas. Solía habitar en cuevas o bosques, o en algún castillo abandonado y salía cuando se ponía el sol. Cazaba dos veces por noche, la primera para saciar su hambre, la segunda para saciar su infinita curiosidad. La muerte se le antojaba misteriosa, y él trataba de desentrañar aquel misterio. Los ojos de las victimas nunca tenían la misma expresión al momento de morir; a veces era asombro, a veces era serenidad, a veces miedo, a veces ira. Azrael era un coleccionista de momentos, de últimos momentos. Y recordaba todas y cada una de sus víctimas. Pero a veces la cacería no era solo una diversión; cuando el parásito comenzaba a aullar debía salir en busca de un alma para acallarlo. Jóvenes mercaderes, viejos monarcas, mujeres insatisfechas, siempre había alguien que estuviera dispuesto a decir las palabras mágicas a cambio de la promesa de mejorar sus vidas terrenales. Y Azrael podía conceder algunos deseos y mentir sobre otros. El que se disponía a vender su alma no necesitaba nada a cambio; ya había perdido su bien más preciado por el solo hecho de disponerse a negociar con el. El alma de los desdichados ya le pertenecía a Azrael desde el preciso momento en que la víctima se ponía a pensar lo que pediría por ella. Pero no siempre había sido fácil, y muchas veces debía escapar de sus propia pasión. Cuando las sucesivas muertes hacían desconfiar a los lugareños debía huir sin levantar más sospechas. Y no siempre era fácil encontrar un lugar propicio para reemprender la cacería. Sin embargo, Azrael no estableció claramente sus límites hasta la noche de su bautismo.
Corría el año 1680 y Azrael se había establecido en una comarca en medio de la estepa rusa. Venía cruzando el continente desde occidente y a cuestas traía una pequeña fortuna, producto de sus excelentes relaciones con monarcas de Europa. Comprar una pequeña estancia y contratar trabajadores fue cosa de unos pocos días, durante los cuales se dedicó a armar su itinerario. Pensaba quedarse por unos años y luego partir hacia Oriente, hacia el Imperio Chino. Allí había secretos, le habían dicho, secretos que lo ayudarían a liberarse del demonio que lo parasitaba. Pero Azrael se embriagó con su propio imperio, su imperio de trabajadores que le proveían de carne y almas con regular intensidad. Los rusos como la gripe, se propagaban en forma geométrica y se esparcían por doquier. Cuando corrió la voz que había llegado un rico mercader vienés (Azrael nunca supo porqué todo el mundo siempre asociaba su origen con un lugar lejano a donde se encontraban; en Francia lo llamaban germano; en España rumano y en Rumania francés), cuando los primeros llegaron para pedir trabajo, Azrael les dio tareas a algunos y ellos mismo organizaron una pequeña ciudad en torno a la estancia. En poco tiempo la ciudad creció tanto, que una o dos muertes por noche no representaba gran cosa. Hasta ese momento, Azrael había tenido grandes problemas para cazar sin levantar sospechas, y varias veces tuvo que reprimir el deseo y permanecer hambriento. Pero entonces, Azrael se encegueció y no midió las consecuencias. Cazó sin tregua durante noches enteras, sin pensar, sin siquiera razonar y subestimo a sus víctimas. Una noche los campesinos rodearon la estancia al grito de “muerte al vampiro”. Por la ventana se veían extraños rituales que los lugareños estaban practicando, y en el medio de una hoguera los dos mozos que le habían servido de cena la noche anterior se retorcían en sendas astas enclavadas en la dura tierra. Ambos tenían la cara desfigurada y proferían aullidos de pánico y dolor que se mezclaban con el olor de la carne quemada por el fuego de la hoguera. Azrael pensó en el extraño fenómeno de esa gente que luego de muerta volvía a la vida convertida en autómatas sedientos de sangre. También pensó en preguntarles a los Primigenios cuando tuviera oportunidad, pero desechó la idea enseguida porque representaba dos inconvenientes: primero, el de descender a los infiernos nuevamente, cosa que no tenía pensada hacer por el momento, y luego el de el trueque que siempre les convenía más a ellos que a él. Suficiente ya tenía con estar ocultándose del sol y de cazar cuerpos para alimentarse. Por suerte, el demonio parásito no molestaba desde hacía semanas, después de que lo había alimentado del alma de aquel general. Había aprendido que las almas de seres inteligentes o valientes calmaba por más tiempo al Ctulhu que la de cretinos y cobardes. A esta altura de sus reflexiones la muchedumbre había avanzado y ya estaba acercándose peligrosamente a la casa. La huida se presentaba imposible, toda las salidas estaban cercadas. Azrael, temeroso por primera vez en su existencia (sobre todo al escuchar los aullidos de dolor de los empalados) empezó a sentir la molestia en su interior que precedía al despertar del demonio. No era un buen momento en absoluto, y Azrael sintió que las fuerzas lo abandonaban. El clamor de la multitud lo envolvía, la habitación ardían producto de las teas que habían lanzado por las ventanas. Y en el momento que parecía desfallecer una nueva fuerza renació en su interior, una fuerza desconocida y maléfica, una fuerza que no provenía de él, sino del demonio, del Silbador, y su conciencia se perdía y dejaba paso al poder del Otro, del que moraba en su interior, fuerza mental, fuerza de alma sin alma, fuerza que lo promovía otra vez a luchar por su existencia, sin saber, sin conocer razones, sin sentir dolor, fuerza que se mezclaba con las suyas, originada en la Luz junto a los Ángeles y en la Oscuridad junto a los Demonios. Azrael ya no le pertenecía a Azrael. Azrael era parte de un todo, una combinación angelical y maligna, un demonio con cara de ángel, un ángel con alma de demonio. Azrael, bautizado en llamas se levantó del piso y abrió la puerta semi – carbonizada de la casa, en dirección a ellos, a la multitud.
Los más valientes integrantes del pueblo, los que más cerca se habían aventurado de la morada del vampiro vieron como las paredes caían entre una nebulosa de fuego y chispas, y luego vieron su rostro pálido, un rostro que no había conocido el sol, un rostro angelical, impasible; vieron su cuerpo alzarse entre las llamas, vieron su cabello descansar largo y negro sobre sus hombros, vieron sus ojos girar hasta encontrarlos, sus ojos brillantes, ojos de sangre, ojos ciegos, ojos de odio, ojos de muerte. Lo vieron caminar lentamente hacia ellos y no se movieron, petrificados de terror. No retrocedieron ni gritaron y ni siquiera cerraron los ojos cuando él les fue tomando el mentón con una mano y girándoles la cabeza en un violento movimiento partiéndoles el cuello, uno a uno, a todos ellos. Los demás, el resto de la gente ya no lo enfrentó, sino que trató de huir, escapar hacia la noche, hacia sus casa, afuera, lejos del horror, lejos del demonio y de la muerte. Azrael se lanzó tras ellos, frenético, veloz, nuevamente en una cacería desenfrenada, pero distinta, una cacería que no tendría límites, que no tendría fin. Se mezcló entre ellos, vio sus rostros desencajados, corriendo, la desesperación pintada en sus semblantes, el miedo recorriendo sus cuerpos. Corrió con ellos, gritó con ellos, se estremeció con ellos con un miedo compartido, el miedo a sí mismo y a lo que se había convertido, algo distinto, algo superior. Los cazó a la carrera, bebiendo su sangre mientras en corazón galopaba furioso, se llenó de sus vidas, se llenó de sus muertes. Ellos caían laxos y luego se levantaban, muertos en vida, muertos vivientes, flamantes vampiros. Y ellos mismos continuaron la cacería, hombres matando sus mujeres, madres bebiendo la sangre de sus hijos, aullando en medio de su sangre, la sangre del pueblo, la raza de vampiros, y en el medio de todo ese festival infernal, en medio del paroxismo frenético y desmedido, entre gritos desesperados y aullidos de dolor y de gozo, Azrael - Silbador, ángel - demonio, asesino y creador veía culminada su tarea y se sentía satisfecho.
Al amanecer, lo que anteriormente había sido una inhóspita estepa y luego se había convertido en una fértil y próspera comarca, ahora volvía a ser un inhóspito desierto regado de sangre. Los primeros rayos del sol alcanzaron a todos aquellos que habían quedado a la intemperie después de la noche anterior. Se fundieron en silencio, desmenuzándose en cenizas malditas que el viento esparciría por doquier. Solo unos pocos se salvaron del ignominioso exterminio, aquellos que tuvieron la suerte (ya que no el conocimiento) de resguardarse de los rayos solares, en el bosque o en alguna casa del rutilante pueblo fantasma. En medio de todo ese bizarro panorama, la estancia estaba reducida a cenizas y en medio de los restos todavía humeantes Azrael contemplaba absorto por primera vez la sombra que proyectaba su cuerpo. Algo más había logrado, algo más que conocer su fuerza interior, que fundir sus poderes de ángel - demonio con los del Silbador. Había conseguido romper el hechizo, quebrar el estigma que lo condenaba a la noche, a la oscuridad. No sabía como ni sabía porqué, pero ese mundo estaba plagado de enigmas y no era ese el más le preocupaba. Adelante, un nuevo paisaje se abría a sus ojos, y la excesiva luz lo encegueció por un momento. Luego comenzó a caminar, lentamente hacia el este. Había un mundo desconocido allí un mundo diurno que se movía distinto al que él estaba acostumbrado. Una fuerza demoníaca que le resultó familiar se despertó en su interior, mientras que en su perfecto rostro de ángel comenzó a dibujarse un gesto extraño a su experiencia anterior. El vampiro miró directamente al sol, y elevando los ojos al cielo, sonrió con desprecio.