Un desdibujado sol agonizaba en el horizonte, detrás de la pesada bruma que pendía sobre la ciudad. El bullicio característico de la urbe se iba acallando y cedía paso a otros tipos de sonidos, los de los seres de la superficie. Para los pocos seres humanos que todavía permanecían sobre tierra después del ocaso, comenzaba la lucha diaria por la supervivencia. Por las desiertas calles, vagabundos presurosos corrían a refugiarse en los sitios conocidos, aquellos lugares que los demonios no se acercaban. Pero no siempre daban con el lugar correcto, sobre todo porque nunca parecía ser el mismo. Alguna vez cuatro ancianos se habían salvado de una muerte segura al haber penetrado en una iglesia, después que dos demonios los persiguieran. Pero al llegar al umbral de la capilla, ninguno de los dos pudo traspasar la puerta; parecía que una fuerza invisible se los impedía. Al día siguiente la voz corrió y antes del ocaso la iglesia estaba repleta de parias y vagabundos. Cuando se disponían a dormir placidamente por primera vez en muchos años, una horda de demonios y elfos penetraron en el templo y los asesinaron a todos. Ningún lugar era seguro por más de una noche, y eso lo habían aprendido a costa de sufrimiento. Era un juego macabro, donde las reglas no estaban claras, por lo menos para los humanos. Los más afortunados se habían refugiado en las profundidades cuando los demonios subieron a la superficie. Sellaron las y nadie sabía si estaban vivos o si se encontraron con algo aún peor. Pero lo verdaderamente cierto es que el mundo no era el mismo, con todos esos seres pululando la superficie. Era algo horrendo, monstruoso, un juego disparatado, pero la única forma de sobrevivir era seguir jugando.
Azrael caminaba lentamente por la callejuela. La hora se estaba pronta y lo que estaba por hacer lo acercaba a su objetivo. Su vestimenta negra, una especie de chaqueta de cuero que le llegaba a los tobillos, debajo de la cual sobresalían unas botas también negras, se mimetizaba con el sombrío entorno. Sus pensamientos, lejos de los hechos que se desarrollaban a su alrededor, volvían una y otra vez hacia aquella noche, la noche en que se encontró a sí mismo. Todavía era la época en que los humanos poblaban la superficie, con la salvedad de algunas colonias de gnomos y elfos, pero ya la sociedad avanzaba al caos. Internet era la matriz de todas las operaciones que se realizaban en el mundo, desde compra y venta de monopolios hasta el abastecimiento de cualquier hogar. El ambiente era casi irrespirable, por lo tanto la gente prefería quedarse en sus casas a intoxicarse con las toxinas del exterior. La Corporación administraba Internet y por lo tanto, el medio de vida de todas las personas. Y Azrael era el Director de Seguridad de La Corporación. Desde su puesto, podía penetrar en la vida de cualquiera y eso le servía para sus propósitos más que andar cazándolos por la calle, como antaño. Le gustaba rastrear cualquier intento de violación de seguridad que se estuviera realizando en algún punto del planeta. Observaba al delincuente, y si este era astuto y llegaba lejos, le enviaba un subprograma emergente con un botón “Aceptar”, que contenía los términos encriptados del contrato para obtener su alma. Si aceptaba, su muerte llegaría pronto, y su alma inmortal pasaría a engrosar las filas de Azrael. Si se retraía o apagaba la terminal, Azrael ya lo había identificado y le enviaba un comunicado a la policía local, que se apuraba a encontrarlo y ajusticiarlo. La vida de un delincuente informático no valía mucho por aquellos días.
Pero esa noche, mientras trataba de cazar a un nigeriano empeñado en violar la seguridad de “African Food”, las alarmas de la Central estallaron en millones de luces y sonidos distintos. Azrael, extrañado, enfocó las líneas y comprobó con estupor que alguien estaba tratando de ingresar a Multivac, el ordenador principal de La Corporación. Era imposible que alguien hubiera llegado siquiera a pensarlo, pero salvado ese punto, nadie podría haber pasado la primera de las treinta y siete barreras de seguridad que exigían el acceso al más obsoleto ordenador de La Corporación. Azrael comenzó el seguimiento del intruso, pero con creciente consternación vio que no podía encontrar sus datos. Imposible, todos las personas del mundo estaban registradas, todas las terminales clasificadas. Los demonios eran demasiado estúpidos para intentar una empresa de esas características, y los ángeles no utilizaban esos medios. Saurón, el único que podría haber llegado hasta Multivac, no hubiera intentado un ataque previo al Armagedon; y si lo hiciera sería a su modo, entrando por una de las ventanas y destrozando todo con sus malditas cadenas. Entonces todos los caminos llevaban a un humano. Y Azrael que comenzaba a sentir una creciente admiración por el valiente, se prometió identificarlo. Sin embargo, todo lo que hacía parecía inútil, los bots rastreadores no encontraban nada y el acceso a Multivac estaba bloqueado. Azrael vio como el intruso derribaba una a una todas las barreras y se preguntó hasta donde podía llegar. Pero este no se detuvo en ninguno de los quince mil ordenadores que formaban las terminales de La Corporación, y cuando llegó a Multivac, entró en ella sin detenerse un instante. En ese momento, el intruso tenía acceso a la base de datos más grande del mundo, y podía conocer los secretos más oscuros de toda la historia de la humanidad. Azrael se acercó a la gigantesca mole y de un compartimiento oculto extrajo el teclado y la pantalla, que se deslizaron silenciosamente sobre unos relees. Nunca había sido necesario acceder directamente a Multivac desde que comenzó a funcionar por primera vez, y le tomó más de diez minutos ingresar los doscientos passwords. Finalmente, el intruso y él estuvieron en el mismo ámbito virtual, dentro de Multivac. Y entonces Azrael, supo el nombre del atacante: Kriminal. El Silbador comenzó a aullar, más ferozmente que nunca, pero Azrael no lo escuchaba. Algo había cambiado, el cazador había sido cazado, pero el vampiro se resistía. Y entonces, Azrael hizo el último intento desesperado: liberó la conciencia de Multivac. El cerebro de la computadora, ya sin las ataduras que le habían programado para servir a los humanos, recorrió en una fracción de segundo todos sus circuitos y encontró a los dos intrusos dentro de su estructura. Pero en lugar de expulsarlos, Multivac los fusionó en uno solo. La computadora se apagó y Azrael cayó hacia atrás. En Toronto, el hacker conocido como Kriminal se desvanecía en el aire, con una sonrisa en los labios: había conseguido su objetivo. En ese momento, el suelo de la Tierra se abrió y los demonios subieron a la superficie.
La mente de Azrael se debatía entre sus propios pensamientos y los de Kriminal. Ahora eran uno, una sola entidad, el ángel – demonio y el humano. Ahora sabía cosas que desconocía, pese a los cientos de años que duró su aprendizaje.
El Necronomicón no existe – se dijo Azrael (Kriminal) – Yo no lo sabía (yo lo sabía), lo busqué durante generaciones para que me ayude a liberarme del Silbador (el Silbador tampoco existe). Fue creado por Lovecraft para ilustrar sus libros, pero no es más que eso, una ilustración (Lovecraft conoce al Cthulhu). Los Primigenios me mintieron (los Primigenios me dijeron lo que necesitaba escuchar), la sangre derramada y bebida (la sangre es vida y yo necesitaba vida). En Yogsoggoth está la respuesta (en el mundo de ángulos imposibles), allí donde mora el Cthulhu y Nyarlahotep (allí donde fue absorbida el alma de Lovecraft, de Asimov, de Tolkien). Ellos intuyeron la verdad sobre este mundo (ellos escribieron sus historias en base a algo real) ellos conocieron al Devorador de los Mundos (al Devorador de las Almas), ellos vieron la luz (ellos vagan en la oscuridad), es hora de liberarlos (es hora de liberarse del Cthulhu).
El gigantesco molusco estaba quieto, inerme. Despedía un olor nauseabundo, malsano. Kriminal (Azrael) se acercó, el aura de muerte y destrucción lo rodeaba, allí en Yogsoggoth, el mundo de ángulos imposibles, y de almas torturadas. Antes de matarlo, Kriminal pensó en la posibilidad de la proyección de esa cosa que él tenía en su interior no desapareciera, pero no había forma de saberlo. La espada no se detuvo, cortó al Cthulhu al medio y un feroz aullido brotó del interior del cuerpo de Kriminal, que se perdió en la masa mutilada que yacía a sus pies. Ya estaba hecho. Tres son multitud, pensó Kriminal (Azrael). Las almas devoradas de los que alguna vez habían escrito “Los mitos del Cthulhu”, “El señor de los anillos” y “La última pregunta” salieron del interior del Silbador muerto. Es curioso, pensó Kriminal – durante toda mi vida (durante toda mi existencia) he leído relatos de esta personas pensando en los mundos ficticios que habían creado, si entender que ellos reprodujeron el universo que existía o iba a existir, que habían entregado sus almas a cambio de ese conocimiento. Ahora todas esas almas le pertenecían.
Azrael (Kriminal) caminaba lentamente por la callejuela. La hora se estaba pronta y lo que estaba por hacer lo acercaba a su objetivo. Una sombra se movió delante suyo. Kriminal se detuvo, pensando que esa no era la Zona Protegida. Allí no era el punto de encuentro. La sombra se le acercó. Era un vampiro.
- Te conozco, le dijo. Yo fui uno de los primeros, uno de los campesinos rusos que creaste aquella noche. También soy uno de los últimos. Nos han estado cazando, un Oscuro Cazador. Suerte que te encuentro, fuiste el primero y el más poderoso. Ahora me siento más protegido.
Era curioso escuchar a un vampiro tan temeroso.
- Ustedes fueron un error, algo que no hice a propósito. Son una plaga, matan a los cuerpos y desaprovechan las almas. Y durante cuatro décadas, trabajé a las órdenes del Vaticano para perseguirlos y cazarlos. Ya no trabajo para ellos, pero mi cruzada sigue en pie, y ya me quedan pocos.
Ahora el vampiro estaba aterrorizado.
-¿Pero cómo es posible? Tu eres el Primero. ¿Como te rebelas contra tu raza, contra tu creación?
- Fue un error, ya te lo dije. Ahora si me permites...
Azrael sacó una enorme espada del interior de su chaqueta. El vampiro quiso huir, pero Azrael fue más rápido. La espada cortó limpiamente su cabeza, y el cuerpo del vampiro se convirtió primero en cenizas, y luego en nada.
- Uno menos, pensó. Debo apresurarme, estoy llegando tarde.
- Llegas tarde, la voz nació desde el fondo del callejón.
Kriminal se detuvo. Si, ese era el lugar, no había duda. La Zona Protegida. Esa noche, ningún demonio podía atacarlo allí. Avanzó lentamente, fundiéndose en la oscuridad del callejón. Escuchó las cadenas y luego vio la gran capa revolotear a su alrededor.
- Tuve un pequeño inconveniente que me retrasó, dijo Kriminal avanzando hacia su hermano. Spawn se puso firme, detrás de su máscara sus verdes ojos parecieron brillar con mayor intensidad.
- Tenemos que hablar, dijo Spawn, y las cadenas se arrastraron lentamente con un gemido ahogado, de miles de almas que alguna vez las sintieron desgarrar su cuerpo.